Los días en Puerto Baquerizo Moreno pasaron poco a poco hasta que se acabaron. También nuestro paso se ha ralentizado. El Sol, la playa, las largas siestas. Una pereza que huele a retorno. Hemos ocupado los días escribiendo, dibujando, leyendo, jugando, cocinando. Por las tardes íbamos a buscar unos conos rellenos de crema, unos panes de piña o de canela a la pastelería “La Cuencana”. Al atardecer pasear por el malecón, ver la puesta de Sol, ir al parque infantil o ver los ensayos de baile de un grupo de chicos y chicas. Después unos camarones al ajillo y guaju a la plancha con papas y patacones en la cevichería “El descanso del marinero”.
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A 5.000 pies y 110 nudos
Al final nos decidimos. Después de negociar el precio y tras la experiencia del trayecto a Isabela en un speedboat. Volar es mucho mejor.
Aunque es el duodécimo vuelo de este viaje, lo cierto es que los cuatro estamos muy emocionados. No todos los días se vuela en avioneta. Nos despedimos de Elena, Mía y Valia del Sula Sula con las mismas prisas con las que iríamos a coger un vuelo intercontinental, aunque aquí el aeropuerto está a apenas 1km del pueblo y desde la entrada a la pista de aterrizaje Usain Bolt tardaría menos de 10 segundos.

10 días juntas dan para muchas horas de juegos compartidos. Valia y Mía son ahora sus “amigas de las Galápagos”

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Todos lobos
Desde que llegamos a las Galápagos hemos pasado casi tanto tiempo en el agua como en tierra, si descontamos las noches y las largas siestas. Eso unido a las ganas de Jana de convertirse en un lobo marino me hacen pensar que Kurt Vonnegut no andaba tan desencaminado en su obra “Galápagos”, en la que una devastadora epidemia deja estériles a todos los humanos del planeta. A todos menos a un grupo de turistas involuntarios en las Galápagos, que se convertirán en la semilla de una nueva especie que en el trascurso de millones de años evoluciona hacia algo parecido a un lobo marino, abandonando el stress del trabajo y la polución de las ciudades y dejándose llevar por las corrientes marinas o tumbándose a dormir sobre una negra roca volcánica con el sonido de las olas rompiendo a pocos metros.

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La boca del volcán
En este viaje hemos tenido la oportunidad de maravillarnos con la visión de animales asombrosos en el sur de Chile (pingüinos, lobos marinos, pájaros carpinteros, delfines, ballenas,…), en Puyo (morphos, orugas, hormigas corta-hojas, cóndores, pumas,… ) o ahora en las Galápagos (más lobos y pingüinos, tortugas, iguanas, cangrejos, rayas, caballitos de mar…). Hemos disfrutado de los árboles y plantas torturados por el viento en la Patagonia, del verde intenso de la vegetación de la sierra andina y de la frondosa selva ecuatoriana.
Y también hemos tenido la oportunidad de admirar la belleza del lado aparentemente inerte del planeta. Las enormes lenguas de hielo azul de los glaciares, los canales chilenos, el infinito océano Pacífico, las escarpadas laderas en Ollantaytambo y por supuesto, los volcanes. El Osorno, el ahora famoso Calbuco, el Tungurahua y los esquivos Cotopaxi y Chimborazo y por fin el Sierra Negra.
Puerto Villamil y el caballito de mar
Llegamos a Puerto Villamil desde Puerto Ayora después de un pesadísimo viaje en lancha rápida que dura poco más de dos horas, tres vómitos y mucha transpiración. Llegamos acalorados, cansados, somnolientos, mareados, hambrientos, con mucha sed… pero dos pingüinos y varios lobos marinos nos dan la bienvenida.

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Un taxi sobre olas
- “¡Taxi!”
Jana no puede evitar la cara de sorpresa cuando oye al hombre junto a nosotros en el embarcadero de Puerto Ayora llamar a una de las barcas amarillas que esperan todas juntas a escasos metros del muelle.

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Dejándose llevar en Tortuga Bay
A 5 minutos andando de nuestro hostal arranca una escalera de piedra junto a una profunda grieta en el terreno. Uno de los lados se ha elevado unos 20 metros por encima del otro dejando una herida en la roca volcánica que la vegetación no ha conseguido ocultar. En lo alto de la escalera está la caseta del guarda donde hay que registrarse para ir a Tortuga Bay. Desde allí hay 2500 metros hasta la playa “brava”, solo para surfistas, y quizá 1000 metros más hasta la playa “mansa”. Son las ocho de la mañana, el camino empedrado está abierto de 6 de la mañana y nos cruzamos madrugadores que ya vuelven con sus tablas de surf bajo el brazo. El trayecto atraviesa un bosque de opuntias, manzanillo y matorrales y puede ser duro bajo el sol pero la recompensa lo vale.
Re-encontrándonos con Darwin en Puerto Ayora
Nuestra llegada a la isla Santa Cruz, la Indefatigable, ha supuesto también nuestro reencuentro con Darwin. Seguimos sus pasos y los del Beagle desde Tierra del Fuego hasta Chiloé, y aunque él -al igual que nosotros- también transitó por las áridas tierras de Arequipa en Perú, la verdad es que por aquellas latitudes no le prestamos mucha atención.
Llegar a Puerto Ayora ha supuesto para todos un entrañable reencuentro con Charles. Las niñas hablan de él como si fuera un abuelo que les explica cosas interesantísimas sobre animales y plantas. Han vuelto a gritar ¡Darwin, Darwin! por las calles cada vez que nos cruzamos con alguna de las muchas imágenes suyas que encontramos por la ciudad.
¡Volamos a las Galápagos!
En un viaje como éste lo importante es el camino. Pero pasa que el camino va desvelando lugares y personas, algunos por sorpresa, otros esperados, y aún otros soñados desde hace meses, sinó años.
Una piedra en el camino
Los niños no saben estarse quietos. Están continuamente probando su sentido del equilibrio, cambiando de postura para ver mejor o apoyándose en cualquier sitio para llegar más alto. Y de vez en cuando se caen.

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