Liberar el lastre. Retomar el vuelo.

Mis cinco vidas

Si alguna vez tuviera que explicar mi vida, empezaría por decir que he vivido varias vidas. Creo que todas ellas, una tras otra, me han llevado hasta este viaje.

La primera vida duró 12 años. Una infancia intensa, feliz y muy humilde. Mis padres regentaban un pequeño negocio familiar de confección que a duras penas daba para llegar a fin de mes. En una época en que los “pisos puente” permitían a las familias instalarse en pisos cada vez más grandes y confortables, nosotros vivíamos los cinco en un pisito  de cincuenta metros cuadrados, siempre lleno de mascotas (perros, gatos, pájaros, tortugas, pollitos, hamsters, orugas). Aquel era nuestro reducto. Desde muy pequeños, mis hermanos y yo, pasábamos allí las tardes y los sábados solos, inmersos en mil juegos y no menos peleas. También los laaaaargos meses de verano. No teníamos “pueblo” ni destino de vacaciones, pero me encantaba recibir las cartas de los amigos que se desplazaban por toda España. Recuerdo especialmente el año en que sí pudimos ir de vacaciones. Desde entonces, las mejores escapadas son, sin duda, en tienda de campaña.

Mi infancia acabó de un día para otro. El infarto cerebral de mi padre nos cambió a todos y marcó nuestras vidas, para siempre. Esta segunda vida dio lugar a una adolescente un poco demasiado madura y responsable. En el sentido del humor encontré un refugio absolutamente imprescindible y reconfortante. En contraste con el sufrimiento que vivíamos en casa, el instituto (arcaico en todos los sentidos) se convirtió en un verdadero oasis. Las paredes del reducto familiar crecieron, hicimos una piña fuerte y los viejos amigos de mis padres y la mayoría de los parientes nos fueron dejando al margen. Mi padre, a pesar del dolor y las operaciones, no acabó de perder nunca el humor. Tengo muy presente su imagen, apoyando el antebrazo en la ventana del comedor, haciendo pendular la pierna muerta mientras veía pasar la vida -de los otros- por la ventana a la vez que tarareaba alguna melodía inventada y amputada por la afasia.

De mi madre no puedo hablar sin emocionarme. Fuerte, inmensamente humilde y buena persona. Fue ella la que me empujó a marchar por primera vez, lejos de casa, dos años después de la muerte de mi padre. Y efectivamente, una tercera vida totalmente diferente me esperaba en Holanda. Con 22 años, viví el año -hasta entonces- más feliz de mi vida, sobre dos ruedas y enfundada en un chubasquero. Bailando salsa, haciendo investigación medioambiental en un contexto de lujo y rodeada de amigos de todo el mundo. Todo lo que siguió a partir de aquí fue positivo y fantástico. Reencontrar los amigos a la vuelta; descubrir la vocación docente de la mano de unos maestros tiernos, divertidos, trabajadores, entusiastas… que todavía me inspiran ahora; Xose; debates pedagógicos en las plazas de Gracia; más viajes; formaciones; cambios de aire… Y de repente, de un día para otro, el infierno otra vez en casa.

Un cáncer agresivo que nos arrancó a nuestra madre. Sin piedad. Con el tiempo justo de cuidarla y mimarla por última vez. El último “T’estimo mama” susurrado al oído y el mundo se volvió un lugar triste y dolorosamente hostil. Un año de aparente normalidad acabó de hundirme. Estaba perdida y desolada. Baja, terapia, calma… y con el tiempo, la remontada. Y la sensación íntima de que quizá mi paso se volvió más lento, mi sonrisa menos vital, mi entusiasmo menos contagioso… y así, una nueva vida marcada por una ausencia que en ocasiones se hace más incisiva y en otras permanece discreta y pausada.

Pero es bien cierto que el tiempo pasa. Y dos años después, recuperamos una ilusión aparcada y somos padres. La vida se multiplica. Todo se vuelve muy intenso y a veces aturde. Soy madre dos veces. En la primera ocasión la situación en casa vuelve a ser triste y complicada. Jana todavía no ha nacido y su abuelo empieza a morir de manera lenta e inesperada. A pesar de todo, entre los tres construimos una pequeña burbuja de confort y nos sentimos entusiasmados con su llegada. Es preciosa. Las sonrisas de oreja a oreja, las manitas buscando mi cara, las precoces primeras palabra, todo lo que hace y las emociones que nos genera ayudan a pasar los duelos y somos felices en casa.

Y un nuevo ritmo, el de la vida de padres, se instaura. Cogemos rodaje y Bruna llega tres años después, cuando todo está bien y en calma. Maduramos el estilo de crianza, gozamos del lujo de tener de nuevo un bebé en casa, también sufrimos de sueño, claustrofobia, colecho, pecho a demanda, surge una nueva tribu, pintamos una gran pizarra, hacemos escapadas a la montaña, jugamos, construimos robots, coleccionamos semillas…

Bruna ya tiene dos años. Parece que todos vamos encontrando, de nuevo, nuestro lugar en casa. La vida no siempre nos muestra su mejor cara. Ahora que lo hace, aprovechamos una herencia y nos vamos de viaje.

Licencia Creative Commons
"Mis cinco vidas" por Sin piedras en los bolsillos (familia Bosch-Pérez) se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 comentarios

  1. marcdetaz's Gravatar marcdetaz
    30 de septiembre de 2014    

    testimo silvia

    • Sílvia's Gravatar Sílvia
      2 de octubre de 2014    

      Jo també, molt!!

  2. Alguien's Gravatar Alguien
    26 de septiembre de 2015    

    Muy bonito y impecable narrativa . me ha gustado mucho nunca lo vi así
    diferentes vidas en una sola . gracias por este nuevo punto de vista

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